«A cara descubierta»

Lo inevitable sucedió. Las aves pronto descubrieron que en realidad él no era un pájaro. Los animales a
su vez decidieron que él no era uno de ellos. Tanto los unos como los otros arremetieron contra él. Y
desde entonces, según Esopo, el murciélago teme salir a la claridad y es por eso que hace sus correrías
de noche.

Dr.Juan Barek, D.Min.


Desgraciadamente, muchos viven una vida parecida al animal de la fábula, cuando deberían estar
viviendo una vida victoriosa. Parecieran estar atrapados en la derrota. Parte del problema es que algunos
hemos caído en la trampa de ponernos una máscara. Nos conducimos piadosamente, en victoria, en
aparente triunfo, porque eso es lo que se espera de nosotros.
Debemos ser sinceros, honestos, transparentes. No debemos depender de nuestros esfuerzos humanos
para vivir la vida de Fe. Sólo podemos disfrutar la vida victoriosa cuando vivimos a cara descubierta y
dejamos que Dios nos haga la clase de personas que Él quiere que seamos.


Hay que admitir que las personas legalistas parecen tener cierta gloria y esplendor. Son disciplinados y
dedicados a su causa. Pero el legalismo siempre engendra orgullo. Por lo tanto, la ley está en directo
contraste con la libertad que proviene de la gracia de Dios.
Además la gloria del legalismo se desvanece porque la persona legalista tiene un límite de fuerzas. Esa
persona trata de vivir en sus propias fuerzas y su gloria es pasajera. Cuando los hombres y mujeres
legalistas han tratado de servir a nuestra sociedad y ven que en sus vidas hay inconsistencias internas y
pasiones descontroladas, comienzan a encubrirlas. Se ponen un velo. Fabrican una máscara para mostrar
a los demás cuán espirituales son, pero por dentro se sienten miserables.


Cuando nos quitamos la máscara y vivimos a cara descubierta, tenemos libertad. Nuestros velos no sólo
esconden nuestras debilidades para que otros no las vean, sino que se interponen entre nosotros y el
Señor. Las máscaras endurecen nuestras mentes y corazones e impiden el crecimiento espiritual. Esa es
una de las razones por las que algunos no somos lo espiritualmente maduros que debiéramos ser.
Nuestra imborrable influencia, ya sea para bien o para mal, afecta a cada persona que encontramos y
cada tarea que emprendemos. Uno de los propósitos de nuestra espiritualidad y labor en la sociedad en
esta porción en la que estamos meditando es hacernos conscientes de nuestra influencia y animarnos a
vivir como buenos cristianos, como hombres y mujeres de bien que El creador ha enviado a ministrar en
el mundo.

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